Antes de iniciar una serie de entradas sobre la gestión de Pedro Arahuetes a lo largo de estos últimos ocho años en la ciudad de Segovia, y ante el riesgo de que esto quedara poco objetivo, voy a empezar señalando una de las cosas que no me han gustado. Concretamente una chapuza de obra, que conozco muy bien pues vivo cerca de ella, y que me parece una de las más lamentables actuaciones que se han llevado a cabo en la ciudad desde 2003: tanto por la forma en que se ha trabajado como por el triste resultado final.
Me refiero a la Plaza Cávila y el molino adyacente a ésta en el barrio de San Lorenzo. Las obras de restauración comenzaron en julio del pasado año, se interrumpieron durante las fiestas del barrio, se retomaron más tarde, y han durado hasta hace un par de semanas. Esta obras tenían un doble objetivo: restaurar el molino y remodelar la plaza que se había construído de la nada en 1997 a la par que el bloque de viviendas que está junto a ella. La restauración del molino se llevó a cabo sin molestar a nadie y con unos resultados que, a priori, y con la visión que da la distancia (no se puede acceder aún a las ruinas) son más o menos buenos. Se ve que han consolidado la base, han restaurado lo que poco que quedaba de él y han eliminado la maleza. Puedo decir que ya no da la sensación de que se fuera a venir abajo el día menos pensado.
Cuando estas obras estaban ya avanzadas, dieron comienzo las de la Plaza Cávila. La antigua plaza necesitaba claramente una reforma, por lo que el Ayuntamiento hizo bien en actuar. El principal problema es que el terreno se estaba hundiendo (en el transcurso de las obras pude comprobar que en su día ese especio se rellenó con platos de loza, sí, esos que había a montañas en las inmediaciones de la antigua fábrica) aunque también se puede señalar que la accesibilidad no era muy buena para minusválidos (había rampas, pero la pendiente era demasiado elevada). Estas obras han sido una auténtica chapuza; una chapuza de verdad. Tal fue el grado de dejadez y de falta de ciudado de los obreros encargados de llevar a cabo la obra, que en el mes de noviembre acudió una concejal del equipo de gobierno para echarles la bronca. La suciedad en forma de barro que inundaba toda la calle era insoportable, así como el poco respeto a las aceras y a la vía a la hora de descargar y transportar material. Aún con todo, al pasear por la zona una tenía la ilusión de que, al menos, el resultado final fuera adecuado. Pues para nada.
Los remates final de la obra son, como ya he señalado antes, una chapuza. Aunque lo más grave de todo no tiene que ver con los remates, sino con algo básico en la planificación de cualquier obra: el drenaje. Esta plaza no tiene NI UNA SOLA alcantarilla que trague el agua, por lo que ya pueden imaginarse lo que pasa: que cuando llueve, la parte más deprimida, se convierte en un charco gigantesco. Concretamente el agua se acumula a los pies de la escalera que une la plaza con la calle Puente de San Lorenzo. Y en invierno, claro está, ese agua se hiela, desencadenándose procesos de gelifracción que hacen que, sólo dos meses después de poner los adoquines, la parte más superficial de éstos esté ya cuarteada y desmantelada. He de decir que la antigua plaza sí tenía alcantarillas, concretamente una en el punto que ahora se inunda. Me pregunto a que inteligente ingeniero se le ha ocurrido quitarla, aunque tampoco me extrañaría que a los ciudadosos obreros se les haya olvidado hacerla...
Por otra parte, está el tema de los remates... Dejo varias fotos, y que la gente juzgue.
Son pequeños destalles, pero creo que se podían haber cuidado más. Hace una semana que se llevaron todo el material de la obra, que se fueron todos los obreros, por lo que no cabe pensar que vayan a volver para rematar estas cosas, más allá de instalar los paneles didácticos sobre las plataformas de hierro oxidado que ya han colocado.







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